miércoles, 11 de noviembre de 2009

Y ahora un pequeño cuento:

La tarde en que Nina posó para Emilio.


Caminaron un largo trecho mientras el sol alcanzaba el cenit. El frío de enero comenzaba a disiparse, al menos fue la idea que ella quiso mantener en su mente, para no desistir de cumplir el último sueño que había tenido. La verdad es que en su quimera, el cielo era violáceo, y el sol se escondía tras los altos árboles de ese paraje lleno de vida. Pero no, tal parecía que el fondo no sería como en su sueño, y en su lugar quedaría la imagen de un día despejado, sin nubes, con apenas un breve susurro de viento, embarazado en un sonido de naturaleza fecunda.
Nina y Emilio llegaron hasta la orilla de una pequeña laguna donde nadie se acercaba por las leyendas que flotaban a su alrededor, las que contaban las abuelas en su afán de no perder a sus hijos ahogados en una tarde festiva de domingo. Decían muchas cosas: de si las brujas se acercaban a esas aguas tranquilas para tomar el elixir que las mantenía vivas por eternidades; otras, de si por aquellos páramos habitaban duendes que espiaban a los incautos para robarles las ropas mientras se bañaban, y luego, aprovechando la confusión, los apresaban para llevarlos a sus guaridas para ser el platillo principal de sus pequeñas mesas. Esas eran las más conocidas.
Pero Emilio no temía a nada, y poco creía en las supercherías de las viejas, él sabía que en ese lugar la tranquilidad era suficiente como para capturar, a base de pincel y acuarela, el momento magnífico entre luz y oscuridad.
Caminaban despacio, sorteando las matas de arbustos con bayas misteriosas, madrigueras de felinos rabiosos, campamentos de hormigas, y otras maravillas que sólo el campo podría proveer. Ambos decidieron, en una silenciosa promesa, no tocar nada de lo que vieran o los circundara, querían ser observadores de ese hábitat casi virgen, en donde pedirían a la tierra, al cielo, a los árboles, ser huéspedes humildes, para robarse apenas una burda apreciación en un lienzo.
El sendero flanqueado de milenarios abetos se abría de pronto, para dar la bienvenida a la laguna de sus deseos, y vieron cómo la luz del astro rey rebotaba tiernamente sobre esas aguas que seguían allí después de tanta civilización, a la que estaban acostumbrados. El aroma era fuerte, a flores muertas, a encuentros causales, a amores imposibles, que encontraban en la laguna el perfecto cómplice para las entregas carnales más castas que un hombre y una mujer pudieran ofrecerse.
Emilio miró el paisaje con las manos apoyadas en su pelvis, cerró los ojos para intentar memorizar cada vado, rama, piedra e insecto muerto nadando sobre la superficie verdosa de la laguna. Y entonces, inspirado por una divina palabra inexistente, decidió apostar sus cosas en un lugar donde las hierbas crecían fogosamente, justo a un lado del cadáver de una urraca, descarnada por alguna rapiña hambrienta. Creyó que el cuerpo del ave sería parte del decorado en su cuadro. Desde ahí el fondo se esquinaba, pues la montaña calva que dominaba esas tierras, parecía mostrar el perfil de su acabado rostro.
- Aquí está bien.- Fue lo único que dijo para que su modelo se situara a unos metros de donde Emilio colocó el caballete con lienzo, se quitara la bufanda y el abrigo, y se calentara con los experimentos oníricos que le ayudarían a plasmar su versión de una Venus emergente. Nina no le contestó nada, y sin pudor, se despojó lentamente de la ropa que la cubría, repitiendo en secreto el mantra que desde un día anterior, cuando le confirmó a su amigo que posaría desnuda para él, formuló al enterarse del lugar en donde sería la sesión: “No tengo frío”.
Nina llevaba un sombrero de ala corta hecho de lana, que al removerlo, dejó caer la hermosa melena castaña, por la que tantos cumplidos recibía. Le llegaba hasta la mitad de la espalda, y todos los días la cepillaba frente al espejo, temerosa de que el diablo se le mostrara para presentarle sus respetos. Otra bobería con la que su abuela la atosigaba desde niña.
Un repentino vendaval la sorprendió, y su cabello se hizo uno con el viento, soplando hacia la montaña, que visto a los ojos de Emilio, era una perfecta pincelada de Dios; una puntada espontánea con la que se les unía para ser parte de un público omnipresente.
El mantra de Nina parecía funcionar, pues conforme iba desabrochando los botones de su abrigo de armiño, un sopor interno la obligó a apurarse en quitarse el resto de la ropa. No pudo sino desear estar desnuda en ese sitio prohibido, olvidándose por completo de la presencia de Emilio, y ser una sola con ese ápice de perfección terrena.
El abrigo cayó a sus pies, revelando ya la figura delgada y proporcionada de Nina. Ella solía mirarse con timidez ante el espejo, tratando de no fijar la vista en las partes que su madre, y las monjas del colegio, catalogaban como íntimas e impúdicas, partes en las que ni una misma debe reparar cuando se encuentre en la soledad de la ducha, evitando todo morbo por tener una idea clara de cómo luce el cuerpo. Claro, luego entró a la universidad, y supo que aquello no era sino una ridícula forma de apreciar al cuerpo humano. Aun y cuando sabía que esos pensamientos medievales deberían de ser desterrados de su psiquis, ella delataba su propia vergüenza cuando se arrimaba al espejo de cuerpo completo, presentarse a la luz serena de una bombilla, y saludarse una vez más, recordando cada curva y línea en su ser.
Una blusa de cuello vuelto, con botones al frente, a rayas, de gruesa lana, no era impedimento para que Emilio ya la imaginara desnuda, siendo tocada sublimemente por los rayos fisgones del sol, y entonces se preguntó que haría para que la sombra diera profundidad en el medio de sus senos y la intersección de su pubis. Emilio tomó asiento en un tocón, observando detenidamente el deslice de las ropas de Nina, deseando encontrar la forma de encerrar esa agitación en el lienzo, para que pareciera que la pintura estaba viva.
Nina se despojó de la blusa, la que arrojó con fuerza al rostro de Emilio, y luego él aspiró con fuerza el aroma dulzón del que estaba impregnada, el que ella siempre despedía, como a aceite de almendras o licor de café. No sonrió, aunque quiso hacerlo, pero en clases, los maestros siempre recomendaban una distancia profesional con aquello que sería el foco de la pintura, fuera una persona o un nabo, el pintor no debía de interferir, a ningún nivel, con el objeto, para dejarlo puro de cualquier influencia, y que la perspectiva pudiera ser lo más objetiva. Con la mano izquierda se quitó la prenda del rostro, no sin antes darle la última calada, y entonces desvió la mirada.
Para entonces los pechos de Nina ya tomaban el fresco, dos mesuradas manzanas, relucientes, símbolos de una juventud núbil, que redondeaban su torso precioso; dos puertas que se mantenían cerradas a la maternidad y al extremo deseo. En el izquierdo, casi al borde del pliegue con el esternón, Nina lucía un fantástico lunar de color ámbar, del que ella siempre se expresaba como su estrella de la buena suerte.
El graznido de una parvada de garzas lo hizo despertar de su ensimismamiento, Emilio se había perdido en las curvas diáfanas de su modelo, tratando de examinar desde lejos, cada centímetro de piel sonrojada que conformaba el oasis de belleza de Nina. Ella se inclino para lidiar con el botón de sus vaqueros, y Emilio comparó sus senos afectados por la gravedad con dos gotas del vino más caro de la casa de su padre. Quiso beberlos, al principio de un sorbo, pero luego reparó que pequeños e interrumpidos sorbos pudieran llevarlo a la eternidad más dulce que hubiese soñado. Y a la sazón, supo la forma en que la sombra podría producirse para cumplir con su afán de artista.
Nina quedó desnuda totalmente frente a Emilio, ladeó un poco la cabeza, con el cabello arremolinado, flotando con el viento imperceptible, con una sonrisa infantil, de quien mira a un desconocido cuando le ha descubierto hacer alguna gracia. Emilio sintió el aliento amargo del cura de su parroquia frente su nariz, sometiendo la libertad del aire a un sermón de proporciones apocalípticas: “Ay de aquel que se escandalice con el cuerpo de una mujer, pues no verá las bellezas que nuestro Señor guarda en los cielos”.
Contraviniendo la instrucción de no tocar nada en el cuadro de su pintura, Emilio se levantó del tocón, camino con parsimonia hasta Nina, la tomó gentilmente de la mano, y la llevó hasta un montón de rocas que algún hombre primitivo había dispuesto para que su modelo pudiera sentarse sobre la más llana, le indicó en un murmullo que debía inclinarse con los codos sobre sus rodillas; con el rostro levemente agachado, la mitad del cabello sobre su espalda, y la otra creando una especie de cortina tras su perfil, que debía mirarlo fijamente; las manos unidas en oración, aprisionando con sus brazos la abundancia de sus senos; con las piernas cerradas, y las puntas de sus pies ligeramente separadas. Nina sintió el contacto de Emilio en sus manos recorrerse imaginariamente por todo su cuerpo, y olvidó su mantra. El frío la lleno, y sus pezones estallaron como flores de fuegos de artificio en las noches de independencia. Asintió ligeramente, y se acomodó tal cual el pintor le indicaba.
Emilio tenía a Nina, desde su lugar con el caballete, ligeramente esquinada, su propia sombra le daba matices de profundidad a cada curva en su cuerpo de diosa pueril. Y no pudo dejar de reparar en el nacimiento de su sugerente pubis, encarcelado en esas piernas del color del mármol, antes de que tomara asiento en el tocón, frente al caballete. Atrás de ella, la laguna tomaba tonalidades anaranjadas en el centro, y los bordes se iban diluyendo en un violeta enlutado. La tarde comenzaba a caer, y los fuertes abetos que los rodeaban, adquirían un aspecto de pináculos encendidos, que irradiaban a la montaña alopécica.
El pintor comenzó a realizar su oficio, primero las líneas de boceto sobre las que plasmaría esa escena onírica de una mujer taciturna, acariciada por el viento indolente, bajo los rayos fríos de un sol que parecía ávido por llenar a la modelo desde cada eje; era como si la laguna la hubiera parido, y ella disfrutara de la tragedia de la vida, meditando su nueva existencia en un mundo detenido en su contemplación. Y la mirada de Nina no se movía de Emilio.
El esbozo del vaivén hipnótico del pincel, yendo y viniendo del extremo al centro y de regreso en el lienzo, la hizo memorizar el ritmo vital con el que Emilio había sido marcado para pasearse por el mundo. Se ilusionó al pensar que al menos él sí llegaría a exponer sus cuadros en la Gran Galería, que pasaría a la historia como pintor de realidades soñadas, y que ella sería parte fundamental del estudio acartonado en las academias cuando los alumnos de sexto semestre descubrieran el por qué Emilio era el artista del siglo. Y de pronto, un sentimiento incidental y sumarísimo la hundió en un temor por saber si realmente, lo único que deseaba, era que él dejara en paz el pincel, se levantara en una andanza felina, y la tomara entre sus brazos. Pero el segundo pasó, y Emilio seguía enfrascado en la pintura.
Mientras, él no sabía por dónde empezar, sólo podía pensar que ahí la tenía, más vulnerable que cualquier ser humano la hubiera tenido, entregada al silencio interrumpido por el bisbiseo de la natura, acatando esas órdenes que ya le parecían lejanas, comportándose como lo que era, una modelo en una visión de fantasía, y él se empeñaba por parecer abstraído, porque ella no reconociera que en esas vistas precarias, intentaba enfocar su cuerpo y su rostro, y no la luz que le pegaba ni cavilar en las tinturas exactas para captar con sus pinceladas la hermosura de Nina. Entonces se abandonó en si mismo, y dejó que el instinto pintara, que su subconsciente se hiciera cargo de los trazos y contornos, él se limitó a disfrutar el paisaje sublime que controlaba.
La tarde siguió cayendo, las sombras en las curvas de Nina poco o nada dejaban a la vista del pintor, y ella comenzaba a resentir el frío. El dolor en su espalda había comenzado como una ligera punzada en el centro de su espina, para luego convertirse en una puñalada a rojo vivo, que la hizo derramar un par de lágrimas, y suplicar por un descanso. Pero supo que eso acabaría con la atmosfera ensoñada del pintor, y prefirió aprender de su dolor para disfrutar más el momento en que al fin, después de tantos años, los dos llegaran rendidos de la escuela, y tras comer algún rico guiso refrigerado, se metieran a la cama para hacer el amor entre suaves cojines. Ahora no sentía el dolor, pues lo había hecho su perpetua condición.
Justo a las seis de la tarde, tras escuchar el aleteo furioso de una parvada de pájaros sin denominación, cruzando el cielo sobre su cabeza, los instintos de Emilio le informaron que el cuadro estaba terminado, y se lo hizo saber a Nina, dejándose caer del tocón, aterrizando sobre la blanda hierba a sus pies.
Nina tomó aire fuerte, se levantó de las piedras heladas dejando crujir sus articulaciones, caminó hasta el colchón de pasto de Emilio, y se tiró junto a él, sin ver siquiera la pintura. Él se incorporó presto para buscar la ropa de Nina, la colocó en silencio junto a sus piernas, y evitando disfrutar de su cuerpo desnudo le dijo imperativamente: “Vístete”.
El viento había secado la pintura, la cual a Nina le resultó apabullante, pues las mezclas de colores, la cópula entre contornos y la representación de la luz, conformaban su bello sueño, en el que una mujer recién había nacido de entre las aguas de ese estanque psicodélico. Se vio hermosa, más de lo que ella se admitía cuando encontraba su faz sobre la superficie del espejo. Era la prueba indubitable de en esa larga tarde de enero, habían hecho el amor a distancia, y los correspondientes humores, fluidos, gemidos y susurros de éxtasis, habían quedado plasmados en ese lienzo de colores violáceos y rojizos.
Nina se vistió sin que ella ni Emilio se dieran cuenta, él envolvió con cuidado el lienzo en un papel de estraza, y sin dirigirse la palabra, retomaron camino para salir de ese bosque encantador, jurando no volver a la laguna de embrujos ancianos, y sabiendo que sus cuerpos nunca estarían tan unidos como en esa tarde.

lunes, 28 de septiembre de 2009

“De la Revolución como medio de cambio social.”

Por revolución, apunta Felipe Tena Ramírez, se entiende la “modificación violenta de los fundamentos constitucionales de un Estado”[1]. Por tanto, habrá que observar a qué se refiere el concepto de constitución y por tanto, de soberanía.
Como constitución se concibe al cuerpo original normativo, general, en el que se manifiesta el colectivo o quien detente la soberanía, para el caso de establecer la forma de organización del Estado, el establecimiento de poderes públicos que gestionen el bien común, los cuales podrán actuar hasta donde la ley les permita, procediendo de manera separada, recordando que son depositarios de esa soberanía, y que no son éstos quienes la originan. De igual manera, estatuye la relación de los poderes del Estado con los ciudadanos, y el mínimo de garantías que el Estado reconoce, como derechos públicos subjetivos, en cada individuo, de forma que se respete la esfera jurídica del gobernado.
Por soberanía, de una manera muy somera, se comprende el poder del pueblo, del rey, o del estado, para autodelimitarse y autodeterminarse, es decir, el darse sus propias leyes, fronteras, alcances y límites; el desarrollo de poderes públicos que puedan representar al colectivo, o ser en ellos mismos, como en la monarquía, quien determina lo mejor para alcanzar el bien común. Al menos desde una visión de formas de gobierno saludables, ya que, al final, será el gobierno, el Estado, quien hace política, y hacerla implica la gestión del bien común.
La soberanía, por tanto, en un sistema que ha resuelto desenvolverse como democrático, se manifiesta en la Constitución, pues es del sentir del pueblo que se haga un cuerpo normativo original y supremo sobre el que descansen las bases del Estado en el que han determinado conformarse, el cual siempre actuará por el pueblo y para el pueblo.
Como bien se sabe, el constitucionalismo es resultado tanto de una independencia, la primera en el Nuevo Continente – Estados Unidos de Norteamérica – como de una Revolución, la Francesa. El primer movimiento, un golpe en contra de la Corona Británica, del conquistador, en aras de constituirse como Estado, bajo la figura indiscutible de la empatía entre sus miembros, de encontrarse en un estadio común de subyugados, de colonos, y que en él encuentran la identidad, la pertenencia, la cual ha de defenderse como algo sagrado en un cuerpo de normas inviolables pero reformables.
La Revolución Francesa, producto de la Ilustración, resulta la abolición del Absolutismo, del reconocimiento de los derechos del ciudadano y del hombre, del principio de legalidad, y asentamiento del individualismo. Caen las ideas de Hobbes, justificantes de la monarquía, y se encumbran las de Rousseau y Montesquieu; perdemos la libertad natural, la que gozamos y es propia por el hecho de ser hombres, dignos, iguales a nuestros homólogos, por una mucho más superior. La libertad civil, que se genera al adherirnos al Contrato Social, que se vuelve acto de soberanía al manifestarse la voluntad general, mediante cláusulas que garantizan el progreso y estabilidad social, es el compromiso del hombre consigo mismo, en donde el Estado está controlado por la determinación del ciudadano, quien elije a sus representantes, a sus mandatarios, para que administren al Estado.
En México, la independencia fue resultado de la adopción de esas ideas, aunado a la debilidad peninsular que había aparejado la invasión francesa en España, y el desequilibrio ejecutivo entre Carlos IV y su hijo, Fernando VII. La independencia comienza, de hecho, con el desconocimiento de Carlos IV, de José Bonaparte, y coronando a Fernando VII. Las condiciones que siguieron en la capital del Imperio Español, así como la política neoclásica, terminaron por hacer que España firmara los Tratados de Córdoba. Precedente que daría el reconocimiento de México como una nación.
Nuestra actual situación y constitución es consecuencia de revoluciones, de una en particular, tan celebrada y tan vergonzosa: acto de traición por parte de Huerta, manipulación e interpretación subjetiva por parte de Carranza, que nos dio la de 17’, la misma por la que se levantó Carranza, en aras de que era mandato constitucional hacer todo lo posible por defenderla, en vista de que Huerta había manejado el sistema, para ser presidente, lo que para el entonces gobernador de Coahuila consideró anticonstitucional. Todo terminó en una nueva constitución de facto, impuesta, que al seguirla, se obtuvo la paz social, relativamente, así como la adopción de ésta por todos los ciudadanos, ganándose su legitimidad.
Dice Tena Ramírez que las revoluciones nunca tienen una justificación jurídica, sino moral. El Derecho no puede establecer el derecho a la revolución porque sería su propio suicidio, su desconocimiento. Con excepción de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano francés, de 1783, que reconocía la insurrección para el pueblo cuando el gobierno violase sus derechos, los demás cuerpos supremos normativos se reconocen como panacea, inamovibles, inabrogables. Estatuyen como única modificación la reforma parcial de su cuerpo, pero jamás total.
El problema, entonces, no es jurídico; porque ya la respuesta la tenemos, jurídicamente, no es plausible la revolución. La contrariedad es social y moral. Las revoluciones implican desconocer a un sistema jurídico obsoleto, injusto, antinatural, fórmula de los opresores, quienes encuentran en él el método de satisfacer sus necesidades y caprichos, cuando su finalidad no es más el bien común. Aquí cabe la revolución, que es movimiento intelectual armado, y que por supuesto servirá para quienes lo idearon, y quizá el pueblo en masa vuelva a su misma situación, en un ambiente renovado. Pero será la voz del pueblo la que hable, y no un texto que sea ha vuelto en su contra, que ha envejecido, y en el que la soberanía del colectivo no se reconoce. Lo cierto es que el status quo no se interrumpe ni se acaba, simplemente se amolda a las nuevas circunstancias. Quizá la aristocracia platónica, como forma de gobierno, termina siendo lo más real y común.
Las revoluciones no son buenas ni malas, porque son humana; y el hombre no es un extremo, ni negro ni blanco, sino jaspeado, igual este movimiento, que trae grandes cambios, a grandes costos. Pero que es necesario cuando el sistema jurídico ha muerto, cuando el Estado; permitiendo la analogía; tiene muerte cerebral, y el gobierno deja de ser racional, por convertirse en instintivo, autodestructivo. La revolución tiene cabida justa.
No sería correcto avistar este fenómeno solamente desde una perspectiva jurídica, pues no es propio de este campo semántico. Considero un argumento incompleto el desprestigiar a la revolución en virtud de que los cambios que logran sólo benefician a los que las idean, a los burgueses, y el pueblo termina igual. Eso es simple, y de alguna forma justo: quien idea es quien guía, el pueblo no es sólo proletariado, y no es exclusivo del proletariado la revolución, sino que se extiende a todo hombre que ve y siente la necesidad de cambio, que se agrupa y une la voz en el sentido que algunos han creado para dar contexto a la lucha.
Pensábamos que los golpes y guerras descritas en Cien Años de Soledad quedaban en la Historia, y nos sorprendemos al descubrir que tal vez el capítulo no se ha cerrado, tomando el ejemplo de Honduras.
Quisiera cerrar con una frase de una revolución que nunca fue, pero que su costo si se pagó, el Movimiento del 68, que refleja el idealismo romántico que nos evoca la palabra revolución, y que por ello, habrá que darle su gran valía en la Historia: “Seamos realistas, pidamos lo imposible.”

[1] Derecho Constitucional Mexicano, por F. Tena Ramírez; Editorial Porrúa, 40º Edición, México.

domingo, 12 de julio de 2009

"De la realidad rebozada de democracia."

El sufragio es la manifestación técnico- jurídica esencial de la democracia. La valía de este derecho implica la evolución de la concepción social del mundo occidental; resultado de revoluciones, protestas, aparejadas a muertes de grandes pensadores, apresamientos injustos y desaparición de miles de desconocidos, que se sacrificaron para ser mártires del sistema liberal que impera en la mayoría de los países de la tradición.

La democracia, como el sistema de gobierno más elevado, en el cual se deja escuchar el sentir y voluntad de la gente, no ha logrado consolidarse en los Estados latinoamericanos; quienes herederos de ideologías monárquicas, dictatoriales, de cacicazgo e imperium eclesiástico; sólo se han rebozado de la teoría liberal, del Estado representativo y constitucional, para que al amparo del principio de legalidad, pueda respaldarse el actuar de los que siempre han sido ricos, y han hecho ricos a los que ellos han escogido.

Por el momento, México habló, y refleja el sentir de un pueblo decepcionado que confió mucho en el cambio prometido; en el héroe guanajuatense de botas, azulado, que prometía destronar a los reyes del autoritarismo priísta, e imponer como guía la luz del faro de la moralidad, de Santa María de Guadalupe y la inversión generadora de empleos. La gente creyó en el crecimiento del 7%, en la resolución del problema chiapaneco en 10 o 15 minutos, entre muchas cosas, y sin embargo, ese sexenio tan esperado y laureado, pasó sin pena ni gloria, eso sí, sin restarle que se considera el mandato más divertido: por ocurrente, por desfachatado, que de la vergüenza habitual, ya lo mejor era sacarle raja cómica y comprender que eso también es México.

Luego llegó el presidente del empleo, el de las manos limpias, el abogado egresado de la Libre de Derecho: serio, incorruptible, con una facha de “papá listo para llevar a sus hijos al fútbol”, amable y hasta franco. Pero la visión del sexenio del crecimiento económico también se desmoronó, y con una velada transformación, se convirtió en el mandato de la guerra contra el narcotráfico, de los retenes, de las balaceras, de los motines, de la panacea de la Reforma Penal, de los Policías Federales, de la intervención de llamadas telefónicas, del sueño de entrar a domicilios sin orden de cateo… en fin, de la trasgresión de derechos fundamentales de seguridad jurídica y legalidad, en aras de la Seguridad Publica, de la Nacional.
Y en las elecciones intermedias; las que definían si Calderón sigue o no con su mini Vietnam; pierde su partido, luego de una ridícula y grimosa campaña, que dejó ver a Acción Nacional como un partido inmaduro y presuntuoso, con actitudes de oposición, nunca con la dignidad de ser el partido oficial. Y los culpables de la gran pérdida: son muchos, desde presidentes municipales, gobernadores, diputados, senadores, el presidente del partido, pero en el especial, Calderón.
La crisis pegó fuerte en los bolsillos de la gente, mas no hay que limitar ese detrimento en las finanzas de las personas. El desequilibrio es social, emocional, espiritual. Los mexicanos no confían en su prójimo, por tanto, tampoco en sus instituciones. Han llegado al punto en que el respeto es impensable, pero ya ni siquiera la burla o el desprecio son aplicables, ahora sólo la indiferencia y el hartazgo. Al pueblo le prometieron trabajo, oportunidades, en esencia: dinero. Eso quiere la ciudadanía, ser solventes para poder pagar determinados productos o servicios que la haga feliz.
Los candidatos no prometieron nada, crearon una campaña plástica, envolvente y asfixiante, que a su vez era transparente, pero que al encimar sus capas, sólo lograban distorsionar la realidad, hacer tiempo, y ganar curules o presidencias con monigotes a quien controlar para continuar con los planes del Ejecutivo Federal y su cuasi-fascista Plan Nacional de Desarrollo. Volvieron a ser elegidos por su popularidad, por su presencia escénica, sin importar que casi la totalidad desconozca el proceso legislativo, así como de elementos jurídicos fundamentales.
El PAN perdió porque hartó a la gente, que no quiere guerra contra el narco, que no le conmueve ver que los muchachos al servicio de Calderón atrapen a una veintena de mafiosos en su zoológico privado, si luego despiertan con la noticia de que 56 reos se escaparon de un penal, liderados por supuestos AFI’s. La población está sentida, todos hemos tenido cerca a víctimas de los enfrentamientos entre las autoridades y los narcotraficantes. Y peor es cuando uno reflexiona, ve a los ojos al elemento de policía preventiva que se batió a tiros con maleantes armados como militares, y comprende que aquello es sólo su trabajo. No más ni menos, no hay ministerio alguno, es sólo una actividad que se practica a cambio de un sueldo siguiendo las órdenes de un patrón con muchos patrones por encima, hasta llegar a Calderón. El Estado se encuentra comprometido.
Y la población votó por el PRI, se arrebataron gubernaturas y curules al PAN, posicionaron al llamado dinosaurio como principal fuerza política de la Cámara Baja, dejando a su merced el contenido de la agenda política federal. Y Calderón debe estar pensativo, preocupado, quizá un tanto somnoliento, pues casi todo su gobierno ha consistido en ver semanalmente al gabinete de seguridad para seguir invirtiendo presupuesto en la lucha contra el hampa. Tenía al Congreso, así como a casi la mitad de la Corte. Pero no más.
¿Por qué votar por el PRI? ¿Se votó por su supuesta restructuración, su renacimiento de Siglo XXI? No lo creo. Se votó por él porque la sociedad no quiso invertir mucho tiempo en razonar su voto. Había que votar por el menos peor, y resultó el PRI, el mismo de Peña Nieto, el de los empresarios del norte, en donde sí hay dinero, los que ayudan a los maestros, a los obreros, electricistas, en general a los sindicatos. El PRI que “escupía” parte de lo que robaba, con quien se podía contar para encontrar una plaza de gobierno sin mucho lío, el que sacaba de la cárcel, el que hacía milagros por la gente. Y la sociedad no quiere cambios, ni participar en la consolidación de una democracia activa, tendiente a la evolución. Vive en un Estado capeado de democracia, pero todo el mundo sabe tácitamente que esto es una oligarquía entre partidos, y mientras el pueblo pueda sacar tajada, que así sea. No le importa el ideal, sólo el capital. Es la ignorancia, indolencia e indiferencia política, jurídica y cívica. El Estado no fomentó a su población la cultura de la legalidad. El Estado está comenzando a ser olvidado.
Sobre el voto nulo; como una buena amiga me dijo; se trata de una protesta romántica, y por ser así, estamos conscientes que poco o nada lograríamos; pero al menos la protesta se dejó sentir, y la verdad es que sí impactó profundamente. Con el número de votos razonadamente anulados; cuya elevada cifra del 6% resulta histórica; el Partido Social Demócrata hubiera salvado su registro, sin mencionar que se anularon más votos que los que ganaron el Partido del Trabajo y Nueva Alianza. Y el que el PSD no haya conseguido un porcentaje suficiente, para mí ya es una satisfacción. Pues de pronto, con el pretexto de la diversidad partidista, nos llenamos de inútiles asociaciones políticas que representan a casi nadie, pero que reciben ingresos del erario como si lo hicieran. Además, creo que quienes anulamos nuestro voto, lo hicimos por el simple hecho de que nadie nos satisfizo, no sentimos que los candidatos realmente nos representaran, no comulgamos con ninguna fuerza política, pero que no omitimos ejercer el derecho público subjetivo de votar, y como tal, podemos hacer con el mismo lo que mejor nos parezca. Además, cumplimos con la obligación de participar, de manifestar nuestra opinión y sentir político.
Pero fueron elecciones intermedias, el abstencionismo fue severo, porque el interés es pasajero: son elecciones de trámite, de continuidad mecánica, trascendentes, claro, pero no impactantes. Por supuesto que nos hablan de la tendencia de las elecciones de 2012, del posible regreso del PRI, como pronosticaba el periódico “El País”, la difícil inamovilidad del PAN o el ascenso del PRD, por mera novedad, si el contrincante es Ebrard. Mientras, queda esperar por ver cómo manipula el PRI la agenda política, con quien negocia, cabildea, a quién compra y a qué precio. Me quita un tanto el sueño que el socio de esta legislatura del partido mayoritario sea el Partido Verde, porque si éste permuta sus votos a cambio de que se aprueben sus oscurantistas e inquisitivas iniciativas de ley, como la pena de muerte, habrá que ponernos a temblar. Aunque el panorama para ello es nublado, no deja de ser angustiante cuando uno toma mucho café.