La tarde en que Nina posó para Emilio.
Caminaron un largo trecho mientras el sol alcanzaba el cenit. El frío de enero comenzaba a disiparse, al menos fue la idea que ella quiso mantener en su mente, para no desistir de cumplir el último sueño que había tenido. La verdad es que en su quimera, el cielo era violáceo, y el sol se escondía tras los altos árboles de ese paraje lleno de vida. Pero no, tal parecía que el fondo no sería como en su sueño, y en su lugar quedaría la imagen de un día despejado, sin nubes, con apenas un breve susurro de viento, embarazado en un sonido de naturaleza fecunda.
Nina y Emilio llegaron hasta la orilla de una pequeña laguna donde nadie se acercaba por las leyendas que flotaban a su alrededor, las que contaban las abuelas en su afán de no perder a sus hijos ahogados en una tarde festiva de domingo. Decían muchas cosas: de si las brujas se acercaban a esas aguas tranquilas para tomar el elixir que las mantenía vivas por eternidades; otras, de si por aquellos páramos habitaban duendes que espiaban a los incautos para robarles las ropas mientras se bañaban, y luego, aprovechando la confusión, los apresaban para llevarlos a sus guaridas para ser el platillo principal de sus pequeñas mesas. Esas eran las más conocidas.
Pero Emilio no temía a nada, y poco creía en las supercherías de las viejas, él sabía que en ese lugar la tranquilidad era suficiente como para capturar, a base de pincel y acuarela, el momento magnífico entre luz y oscuridad.
Caminaban despacio, sorteando las matas de arbustos con bayas misteriosas, madrigueras de felinos rabiosos, campamentos de hormigas, y otras maravillas que sólo el campo podría proveer. Ambos decidieron, en una silenciosa promesa, no tocar nada de lo que vieran o los circundara, querían ser observadores de ese hábitat casi virgen, en donde pedirían a la tierra, al cielo, a los árboles, ser huéspedes humildes, para robarse apenas una burda apreciación en un lienzo.
El sendero flanqueado de milenarios abetos se abría de pronto, para dar la bienvenida a la laguna de sus deseos, y vieron cómo la luz del astro rey rebotaba tiernamente sobre esas aguas que seguían allí después de tanta civilización, a la que estaban acostumbrados. El aroma era fuerte, a flores muertas, a encuentros causales, a amores imposibles, que encontraban en la laguna el perfecto cómplice para las entregas carnales más castas que un hombre y una mujer pudieran ofrecerse.
Emilio miró el paisaje con las manos apoyadas en su pelvis, cerró los ojos para intentar memorizar cada vado, rama, piedra e insecto muerto nadando sobre la superficie verdosa de la laguna. Y entonces, inspirado por una divina palabra inexistente, decidió apostar sus cosas en un lugar donde las hierbas crecían fogosamente, justo a un lado del cadáver de una urraca, descarnada por alguna rapiña hambrienta. Creyó que el cuerpo del ave sería parte del decorado en su cuadro. Desde ahí el fondo se esquinaba, pues la montaña calva que dominaba esas tierras, parecía mostrar el perfil de su acabado rostro.
- Aquí está bien.- Fue lo único que dijo para que su modelo se situara a unos metros de donde Emilio colocó el caballete con lienzo, se quitara la bufanda y el abrigo, y se calentara con los experimentos oníricos que le ayudarían a plasmar su versión de una Venus emergente. Nina no le contestó nada, y sin pudor, se despojó lentamente de la ropa que la cubría, repitiendo en secreto el mantra que desde un día anterior, cuando le confirmó a su amigo que posaría desnuda para él, formuló al enterarse del lugar en donde sería la sesión: “No tengo frío”.
Nina llevaba un sombrero de ala corta hecho de lana, que al removerlo, dejó caer la hermosa melena castaña, por la que tantos cumplidos recibía. Le llegaba hasta la mitad de la espalda, y todos los días la cepillaba frente al espejo, temerosa de que el diablo se le mostrara para presentarle sus respetos. Otra bobería con la que su abuela la atosigaba desde niña.
Un repentino vendaval la sorprendió, y su cabello se hizo uno con el viento, soplando hacia la montaña, que visto a los ojos de Emilio, era una perfecta pincelada de Dios; una puntada espontánea con la que se les unía para ser parte de un público omnipresente.
El mantra de Nina parecía funcionar, pues conforme iba desabrochando los botones de su abrigo de armiño, un sopor interno la obligó a apurarse en quitarse el resto de la ropa. No pudo sino desear estar desnuda en ese sitio prohibido, olvidándose por completo de la presencia de Emilio, y ser una sola con ese ápice de perfección terrena.
El abrigo cayó a sus pies, revelando ya la figura delgada y proporcionada de Nina. Ella solía mirarse con timidez ante el espejo, tratando de no fijar la vista en las partes que su madre, y las monjas del colegio, catalogaban como íntimas e impúdicas, partes en las que ni una misma debe reparar cuando se encuentre en la soledad de la ducha, evitando todo morbo por tener una idea clara de cómo luce el cuerpo. Claro, luego entró a la universidad, y supo que aquello no era sino una ridícula forma de apreciar al cuerpo humano. Aun y cuando sabía que esos pensamientos medievales deberían de ser desterrados de su psiquis, ella delataba su propia vergüenza cuando se arrimaba al espejo de cuerpo completo, presentarse a la luz serena de una bombilla, y saludarse una vez más, recordando cada curva y línea en su ser.
Una blusa de cuello vuelto, con botones al frente, a rayas, de gruesa lana, no era impedimento para que Emilio ya la imaginara desnuda, siendo tocada sublimemente por los rayos fisgones del sol, y entonces se preguntó que haría para que la sombra diera profundidad en el medio de sus senos y la intersección de su pubis. Emilio tomó asiento en un tocón, observando detenidamente el deslice de las ropas de Nina, deseando encontrar la forma de encerrar esa agitación en el lienzo, para que pareciera que la pintura estaba viva.
Nina se despojó de la blusa, la que arrojó con fuerza al rostro de Emilio, y luego él aspiró con fuerza el aroma dulzón del que estaba impregnada, el que ella siempre despedía, como a aceite de almendras o licor de café. No sonrió, aunque quiso hacerlo, pero en clases, los maestros siempre recomendaban una distancia profesional con aquello que sería el foco de la pintura, fuera una persona o un nabo, el pintor no debía de interferir, a ningún nivel, con el objeto, para dejarlo puro de cualquier influencia, y que la perspectiva pudiera ser lo más objetiva. Con la mano izquierda se quitó la prenda del rostro, no sin antes darle la última calada, y entonces desvió la mirada.
Para entonces los pechos de Nina ya tomaban el fresco, dos mesuradas manzanas, relucientes, símbolos de una juventud núbil, que redondeaban su torso precioso; dos puertas que se mantenían cerradas a la maternidad y al extremo deseo. En el izquierdo, casi al borde del pliegue con el esternón, Nina lucía un fantástico lunar de color ámbar, del que ella siempre se expresaba como su estrella de la buena suerte.
El graznido de una parvada de garzas lo hizo despertar de su ensimismamiento, Emilio se había perdido en las curvas diáfanas de su modelo, tratando de examinar desde lejos, cada centímetro de piel sonrojada que conformaba el oasis de belleza de Nina. Ella se inclino para lidiar con el botón de sus vaqueros, y Emilio comparó sus senos afectados por la gravedad con dos gotas del vino más caro de la casa de su padre. Quiso beberlos, al principio de un sorbo, pero luego reparó que pequeños e interrumpidos sorbos pudieran llevarlo a la eternidad más dulce que hubiese soñado. Y a la sazón, supo la forma en que la sombra podría producirse para cumplir con su afán de artista.
Nina quedó desnuda totalmente frente a Emilio, ladeó un poco la cabeza, con el cabello arremolinado, flotando con el viento imperceptible, con una sonrisa infantil, de quien mira a un desconocido cuando le ha descubierto hacer alguna gracia. Emilio sintió el aliento amargo del cura de su parroquia frente su nariz, sometiendo la libertad del aire a un sermón de proporciones apocalípticas: “Ay de aquel que se escandalice con el cuerpo de una mujer, pues no verá las bellezas que nuestro Señor guarda en los cielos”.
Contraviniendo la instrucción de no tocar nada en el cuadro de su pintura, Emilio se levantó del tocón, camino con parsimonia hasta Nina, la tomó gentilmente de la mano, y la llevó hasta un montón de rocas que algún hombre primitivo había dispuesto para que su modelo pudiera sentarse sobre la más llana, le indicó en un murmullo que debía inclinarse con los codos sobre sus rodillas; con el rostro levemente agachado, la mitad del cabello sobre su espalda, y la otra creando una especie de cortina tras su perfil, que debía mirarlo fijamente; las manos unidas en oración, aprisionando con sus brazos la abundancia de sus senos; con las piernas cerradas, y las puntas de sus pies ligeramente separadas. Nina sintió el contacto de Emilio en sus manos recorrerse imaginariamente por todo su cuerpo, y olvidó su mantra. El frío la lleno, y sus pezones estallaron como flores de fuegos de artificio en las noches de independencia. Asintió ligeramente, y se acomodó tal cual el pintor le indicaba.
Emilio tenía a Nina, desde su lugar con el caballete, ligeramente esquinada, su propia sombra le daba matices de profundidad a cada curva en su cuerpo de diosa pueril. Y no pudo dejar de reparar en el nacimiento de su sugerente pubis, encarcelado en esas piernas del color del mármol, antes de que tomara asiento en el tocón, frente al caballete. Atrás de ella, la laguna tomaba tonalidades anaranjadas en el centro, y los bordes se iban diluyendo en un violeta enlutado. La tarde comenzaba a caer, y los fuertes abetos que los rodeaban, adquirían un aspecto de pináculos encendidos, que irradiaban a la montaña alopécica.
El pintor comenzó a realizar su oficio, primero las líneas de boceto sobre las que plasmaría esa escena onírica de una mujer taciturna, acariciada por el viento indolente, bajo los rayos fríos de un sol que parecía ávido por llenar a la modelo desde cada eje; era como si la laguna la hubiera parido, y ella disfrutara de la tragedia de la vida, meditando su nueva existencia en un mundo detenido en su contemplación. Y la mirada de Nina no se movía de Emilio.
El esbozo del vaivén hipnótico del pincel, yendo y viniendo del extremo al centro y de regreso en el lienzo, la hizo memorizar el ritmo vital con el que Emilio había sido marcado para pasearse por el mundo. Se ilusionó al pensar que al menos él sí llegaría a exponer sus cuadros en la Gran Galería, que pasaría a la historia como pintor de realidades soñadas, y que ella sería parte fundamental del estudio acartonado en las academias cuando los alumnos de sexto semestre descubrieran el por qué Emilio era el artista del siglo. Y de pronto, un sentimiento incidental y sumarísimo la hundió en un temor por saber si realmente, lo único que deseaba, era que él dejara en paz el pincel, se levantara en una andanza felina, y la tomara entre sus brazos. Pero el segundo pasó, y Emilio seguía enfrascado en la pintura.
Mientras, él no sabía por dónde empezar, sólo podía pensar que ahí la tenía, más vulnerable que cualquier ser humano la hubiera tenido, entregada al silencio interrumpido por el bisbiseo de la natura, acatando esas órdenes que ya le parecían lejanas, comportándose como lo que era, una modelo en una visión de fantasía, y él se empeñaba por parecer abstraído, porque ella no reconociera que en esas vistas precarias, intentaba enfocar su cuerpo y su rostro, y no la luz que le pegaba ni cavilar en las tinturas exactas para captar con sus pinceladas la hermosura de Nina. Entonces se abandonó en si mismo, y dejó que el instinto pintara, que su subconsciente se hiciera cargo de los trazos y contornos, él se limitó a disfrutar el paisaje sublime que controlaba.
La tarde siguió cayendo, las sombras en las curvas de Nina poco o nada dejaban a la vista del pintor, y ella comenzaba a resentir el frío. El dolor en su espalda había comenzado como una ligera punzada en el centro de su espina, para luego convertirse en una puñalada a rojo vivo, que la hizo derramar un par de lágrimas, y suplicar por un descanso. Pero supo que eso acabaría con la atmosfera ensoñada del pintor, y prefirió aprender de su dolor para disfrutar más el momento en que al fin, después de tantos años, los dos llegaran rendidos de la escuela, y tras comer algún rico guiso refrigerado, se metieran a la cama para hacer el amor entre suaves cojines. Ahora no sentía el dolor, pues lo había hecho su perpetua condición.
Justo a las seis de la tarde, tras escuchar el aleteo furioso de una parvada de pájaros sin denominación, cruzando el cielo sobre su cabeza, los instintos de Emilio le informaron que el cuadro estaba terminado, y se lo hizo saber a Nina, dejándose caer del tocón, aterrizando sobre la blanda hierba a sus pies.
Nina tomó aire fuerte, se levantó de las piedras heladas dejando crujir sus articulaciones, caminó hasta el colchón de pasto de Emilio, y se tiró junto a él, sin ver siquiera la pintura. Él se incorporó presto para buscar la ropa de Nina, la colocó en silencio junto a sus piernas, y evitando disfrutar de su cuerpo desnudo le dijo imperativamente: “Vístete”.
El viento había secado la pintura, la cual a Nina le resultó apabullante, pues las mezclas de colores, la cópula entre contornos y la representación de la luz, conformaban su bello sueño, en el que una mujer recién había nacido de entre las aguas de ese estanque psicodélico. Se vio hermosa, más de lo que ella se admitía cuando encontraba su faz sobre la superficie del espejo. Era la prueba indubitable de en esa larga tarde de enero, habían hecho el amor a distancia, y los correspondientes humores, fluidos, gemidos y susurros de éxtasis, habían quedado plasmados en ese lienzo de colores violáceos y rojizos.
Nina se vistió sin que ella ni Emilio se dieran cuenta, él envolvió con cuidado el lienzo en un papel de estraza, y sin dirigirse la palabra, retomaron camino para salir de ese bosque encantador, jurando no volver a la laguna de embrujos ancianos, y sabiendo que sus cuerpos nunca estarían tan unidos como en esa tarde.
Caminaron un largo trecho mientras el sol alcanzaba el cenit. El frío de enero comenzaba a disiparse, al menos fue la idea que ella quiso mantener en su mente, para no desistir de cumplir el último sueño que había tenido. La verdad es que en su quimera, el cielo era violáceo, y el sol se escondía tras los altos árboles de ese paraje lleno de vida. Pero no, tal parecía que el fondo no sería como en su sueño, y en su lugar quedaría la imagen de un día despejado, sin nubes, con apenas un breve susurro de viento, embarazado en un sonido de naturaleza fecunda.
Nina y Emilio llegaron hasta la orilla de una pequeña laguna donde nadie se acercaba por las leyendas que flotaban a su alrededor, las que contaban las abuelas en su afán de no perder a sus hijos ahogados en una tarde festiva de domingo. Decían muchas cosas: de si las brujas se acercaban a esas aguas tranquilas para tomar el elixir que las mantenía vivas por eternidades; otras, de si por aquellos páramos habitaban duendes que espiaban a los incautos para robarles las ropas mientras se bañaban, y luego, aprovechando la confusión, los apresaban para llevarlos a sus guaridas para ser el platillo principal de sus pequeñas mesas. Esas eran las más conocidas.
Pero Emilio no temía a nada, y poco creía en las supercherías de las viejas, él sabía que en ese lugar la tranquilidad era suficiente como para capturar, a base de pincel y acuarela, el momento magnífico entre luz y oscuridad.
Caminaban despacio, sorteando las matas de arbustos con bayas misteriosas, madrigueras de felinos rabiosos, campamentos de hormigas, y otras maravillas que sólo el campo podría proveer. Ambos decidieron, en una silenciosa promesa, no tocar nada de lo que vieran o los circundara, querían ser observadores de ese hábitat casi virgen, en donde pedirían a la tierra, al cielo, a los árboles, ser huéspedes humildes, para robarse apenas una burda apreciación en un lienzo.
El sendero flanqueado de milenarios abetos se abría de pronto, para dar la bienvenida a la laguna de sus deseos, y vieron cómo la luz del astro rey rebotaba tiernamente sobre esas aguas que seguían allí después de tanta civilización, a la que estaban acostumbrados. El aroma era fuerte, a flores muertas, a encuentros causales, a amores imposibles, que encontraban en la laguna el perfecto cómplice para las entregas carnales más castas que un hombre y una mujer pudieran ofrecerse.
Emilio miró el paisaje con las manos apoyadas en su pelvis, cerró los ojos para intentar memorizar cada vado, rama, piedra e insecto muerto nadando sobre la superficie verdosa de la laguna. Y entonces, inspirado por una divina palabra inexistente, decidió apostar sus cosas en un lugar donde las hierbas crecían fogosamente, justo a un lado del cadáver de una urraca, descarnada por alguna rapiña hambrienta. Creyó que el cuerpo del ave sería parte del decorado en su cuadro. Desde ahí el fondo se esquinaba, pues la montaña calva que dominaba esas tierras, parecía mostrar el perfil de su acabado rostro.
- Aquí está bien.- Fue lo único que dijo para que su modelo se situara a unos metros de donde Emilio colocó el caballete con lienzo, se quitara la bufanda y el abrigo, y se calentara con los experimentos oníricos que le ayudarían a plasmar su versión de una Venus emergente. Nina no le contestó nada, y sin pudor, se despojó lentamente de la ropa que la cubría, repitiendo en secreto el mantra que desde un día anterior, cuando le confirmó a su amigo que posaría desnuda para él, formuló al enterarse del lugar en donde sería la sesión: “No tengo frío”.
Nina llevaba un sombrero de ala corta hecho de lana, que al removerlo, dejó caer la hermosa melena castaña, por la que tantos cumplidos recibía. Le llegaba hasta la mitad de la espalda, y todos los días la cepillaba frente al espejo, temerosa de que el diablo se le mostrara para presentarle sus respetos. Otra bobería con la que su abuela la atosigaba desde niña.
Un repentino vendaval la sorprendió, y su cabello se hizo uno con el viento, soplando hacia la montaña, que visto a los ojos de Emilio, era una perfecta pincelada de Dios; una puntada espontánea con la que se les unía para ser parte de un público omnipresente.
El mantra de Nina parecía funcionar, pues conforme iba desabrochando los botones de su abrigo de armiño, un sopor interno la obligó a apurarse en quitarse el resto de la ropa. No pudo sino desear estar desnuda en ese sitio prohibido, olvidándose por completo de la presencia de Emilio, y ser una sola con ese ápice de perfección terrena.
El abrigo cayó a sus pies, revelando ya la figura delgada y proporcionada de Nina. Ella solía mirarse con timidez ante el espejo, tratando de no fijar la vista en las partes que su madre, y las monjas del colegio, catalogaban como íntimas e impúdicas, partes en las que ni una misma debe reparar cuando se encuentre en la soledad de la ducha, evitando todo morbo por tener una idea clara de cómo luce el cuerpo. Claro, luego entró a la universidad, y supo que aquello no era sino una ridícula forma de apreciar al cuerpo humano. Aun y cuando sabía que esos pensamientos medievales deberían de ser desterrados de su psiquis, ella delataba su propia vergüenza cuando se arrimaba al espejo de cuerpo completo, presentarse a la luz serena de una bombilla, y saludarse una vez más, recordando cada curva y línea en su ser.
Una blusa de cuello vuelto, con botones al frente, a rayas, de gruesa lana, no era impedimento para que Emilio ya la imaginara desnuda, siendo tocada sublimemente por los rayos fisgones del sol, y entonces se preguntó que haría para que la sombra diera profundidad en el medio de sus senos y la intersección de su pubis. Emilio tomó asiento en un tocón, observando detenidamente el deslice de las ropas de Nina, deseando encontrar la forma de encerrar esa agitación en el lienzo, para que pareciera que la pintura estaba viva.
Nina se despojó de la blusa, la que arrojó con fuerza al rostro de Emilio, y luego él aspiró con fuerza el aroma dulzón del que estaba impregnada, el que ella siempre despedía, como a aceite de almendras o licor de café. No sonrió, aunque quiso hacerlo, pero en clases, los maestros siempre recomendaban una distancia profesional con aquello que sería el foco de la pintura, fuera una persona o un nabo, el pintor no debía de interferir, a ningún nivel, con el objeto, para dejarlo puro de cualquier influencia, y que la perspectiva pudiera ser lo más objetiva. Con la mano izquierda se quitó la prenda del rostro, no sin antes darle la última calada, y entonces desvió la mirada.
Para entonces los pechos de Nina ya tomaban el fresco, dos mesuradas manzanas, relucientes, símbolos de una juventud núbil, que redondeaban su torso precioso; dos puertas que se mantenían cerradas a la maternidad y al extremo deseo. En el izquierdo, casi al borde del pliegue con el esternón, Nina lucía un fantástico lunar de color ámbar, del que ella siempre se expresaba como su estrella de la buena suerte.
El graznido de una parvada de garzas lo hizo despertar de su ensimismamiento, Emilio se había perdido en las curvas diáfanas de su modelo, tratando de examinar desde lejos, cada centímetro de piel sonrojada que conformaba el oasis de belleza de Nina. Ella se inclino para lidiar con el botón de sus vaqueros, y Emilio comparó sus senos afectados por la gravedad con dos gotas del vino más caro de la casa de su padre. Quiso beberlos, al principio de un sorbo, pero luego reparó que pequeños e interrumpidos sorbos pudieran llevarlo a la eternidad más dulce que hubiese soñado. Y a la sazón, supo la forma en que la sombra podría producirse para cumplir con su afán de artista.
Nina quedó desnuda totalmente frente a Emilio, ladeó un poco la cabeza, con el cabello arremolinado, flotando con el viento imperceptible, con una sonrisa infantil, de quien mira a un desconocido cuando le ha descubierto hacer alguna gracia. Emilio sintió el aliento amargo del cura de su parroquia frente su nariz, sometiendo la libertad del aire a un sermón de proporciones apocalípticas: “Ay de aquel que se escandalice con el cuerpo de una mujer, pues no verá las bellezas que nuestro Señor guarda en los cielos”.
Contraviniendo la instrucción de no tocar nada en el cuadro de su pintura, Emilio se levantó del tocón, camino con parsimonia hasta Nina, la tomó gentilmente de la mano, y la llevó hasta un montón de rocas que algún hombre primitivo había dispuesto para que su modelo pudiera sentarse sobre la más llana, le indicó en un murmullo que debía inclinarse con los codos sobre sus rodillas; con el rostro levemente agachado, la mitad del cabello sobre su espalda, y la otra creando una especie de cortina tras su perfil, que debía mirarlo fijamente; las manos unidas en oración, aprisionando con sus brazos la abundancia de sus senos; con las piernas cerradas, y las puntas de sus pies ligeramente separadas. Nina sintió el contacto de Emilio en sus manos recorrerse imaginariamente por todo su cuerpo, y olvidó su mantra. El frío la lleno, y sus pezones estallaron como flores de fuegos de artificio en las noches de independencia. Asintió ligeramente, y se acomodó tal cual el pintor le indicaba.
Emilio tenía a Nina, desde su lugar con el caballete, ligeramente esquinada, su propia sombra le daba matices de profundidad a cada curva en su cuerpo de diosa pueril. Y no pudo dejar de reparar en el nacimiento de su sugerente pubis, encarcelado en esas piernas del color del mármol, antes de que tomara asiento en el tocón, frente al caballete. Atrás de ella, la laguna tomaba tonalidades anaranjadas en el centro, y los bordes se iban diluyendo en un violeta enlutado. La tarde comenzaba a caer, y los fuertes abetos que los rodeaban, adquirían un aspecto de pináculos encendidos, que irradiaban a la montaña alopécica.
El pintor comenzó a realizar su oficio, primero las líneas de boceto sobre las que plasmaría esa escena onírica de una mujer taciturna, acariciada por el viento indolente, bajo los rayos fríos de un sol que parecía ávido por llenar a la modelo desde cada eje; era como si la laguna la hubiera parido, y ella disfrutara de la tragedia de la vida, meditando su nueva existencia en un mundo detenido en su contemplación. Y la mirada de Nina no se movía de Emilio.
El esbozo del vaivén hipnótico del pincel, yendo y viniendo del extremo al centro y de regreso en el lienzo, la hizo memorizar el ritmo vital con el que Emilio había sido marcado para pasearse por el mundo. Se ilusionó al pensar que al menos él sí llegaría a exponer sus cuadros en la Gran Galería, que pasaría a la historia como pintor de realidades soñadas, y que ella sería parte fundamental del estudio acartonado en las academias cuando los alumnos de sexto semestre descubrieran el por qué Emilio era el artista del siglo. Y de pronto, un sentimiento incidental y sumarísimo la hundió en un temor por saber si realmente, lo único que deseaba, era que él dejara en paz el pincel, se levantara en una andanza felina, y la tomara entre sus brazos. Pero el segundo pasó, y Emilio seguía enfrascado en la pintura.
Mientras, él no sabía por dónde empezar, sólo podía pensar que ahí la tenía, más vulnerable que cualquier ser humano la hubiera tenido, entregada al silencio interrumpido por el bisbiseo de la natura, acatando esas órdenes que ya le parecían lejanas, comportándose como lo que era, una modelo en una visión de fantasía, y él se empeñaba por parecer abstraído, porque ella no reconociera que en esas vistas precarias, intentaba enfocar su cuerpo y su rostro, y no la luz que le pegaba ni cavilar en las tinturas exactas para captar con sus pinceladas la hermosura de Nina. Entonces se abandonó en si mismo, y dejó que el instinto pintara, que su subconsciente se hiciera cargo de los trazos y contornos, él se limitó a disfrutar el paisaje sublime que controlaba.
La tarde siguió cayendo, las sombras en las curvas de Nina poco o nada dejaban a la vista del pintor, y ella comenzaba a resentir el frío. El dolor en su espalda había comenzado como una ligera punzada en el centro de su espina, para luego convertirse en una puñalada a rojo vivo, que la hizo derramar un par de lágrimas, y suplicar por un descanso. Pero supo que eso acabaría con la atmosfera ensoñada del pintor, y prefirió aprender de su dolor para disfrutar más el momento en que al fin, después de tantos años, los dos llegaran rendidos de la escuela, y tras comer algún rico guiso refrigerado, se metieran a la cama para hacer el amor entre suaves cojines. Ahora no sentía el dolor, pues lo había hecho su perpetua condición.
Justo a las seis de la tarde, tras escuchar el aleteo furioso de una parvada de pájaros sin denominación, cruzando el cielo sobre su cabeza, los instintos de Emilio le informaron que el cuadro estaba terminado, y se lo hizo saber a Nina, dejándose caer del tocón, aterrizando sobre la blanda hierba a sus pies.
Nina tomó aire fuerte, se levantó de las piedras heladas dejando crujir sus articulaciones, caminó hasta el colchón de pasto de Emilio, y se tiró junto a él, sin ver siquiera la pintura. Él se incorporó presto para buscar la ropa de Nina, la colocó en silencio junto a sus piernas, y evitando disfrutar de su cuerpo desnudo le dijo imperativamente: “Vístete”.
El viento había secado la pintura, la cual a Nina le resultó apabullante, pues las mezclas de colores, la cópula entre contornos y la representación de la luz, conformaban su bello sueño, en el que una mujer recién había nacido de entre las aguas de ese estanque psicodélico. Se vio hermosa, más de lo que ella se admitía cuando encontraba su faz sobre la superficie del espejo. Era la prueba indubitable de en esa larga tarde de enero, habían hecho el amor a distancia, y los correspondientes humores, fluidos, gemidos y susurros de éxtasis, habían quedado plasmados en ese lienzo de colores violáceos y rojizos.
Nina se vistió sin que ella ni Emilio se dieran cuenta, él envolvió con cuidado el lienzo en un papel de estraza, y sin dirigirse la palabra, retomaron camino para salir de ese bosque encantador, jurando no volver a la laguna de embrujos ancianos, y sabiendo que sus cuerpos nunca estarían tan unidos como en esa tarde.